Mañana me toca hablar…y tengo miedo.

¿Cuántas veces lo habremos dicho? ¿Cuántas veces lo habremos escuchado en boca de otras personas, expertas y novatas? A todos nos da temor hablar en público porque le tememos al ridículo, al qué dirán o pensarán los demás, a equivocarnos y pasar un papelón, a hacerlo mal y pasar vergüenza, a que no aprueben lo que digamos, o a olvidarnos lo que tenemos que decir. ¿Y a qué debemos atribuírselo? Quizás a nuestra timidez, porque siempre hemos sido tímidos, a la falta de dominio del tema a exponer, a la escasa práctica en esto de hablar en público, o simplemente  a la poca experiencia. Todo esto es muy normal. Es natural.

Muchos científicos han estudiado el tema del miedo y las fobias en el ser humano y han llegado a la conclusión que salvo a la muerte, las personas le tienen más miedo a hablar en público que a otra cosa. El periódico inglés London Times, en el año 2001, publicó un artículo titulado What are you afraid of ?, que en español sería: ¿A que le teme usted?, donde da a conocer los resultados de una encuesta realizada en base a una muestra de 2.500 personas. A los encuestados se les presentó una serie de situaciones o cosas que podrían producirles miedo, y la tarea era ordenarlos por orden de importancia. Estaba presente el miedo a la altura, a las aguas profundas, al fracaso financiero, a los insectos, a volar, a la soledad y a los perros, y por supuesto a hablar en público. Este último se ganó todos los premios. Fue elegido en primer lugar, con una elección que superaba, en los guarismos, a todos los temores juntos. Ese miedo, que otros llaman pánico escénico, y que tiene el nombre de glosofobia, se puede combatir con diferentes técnicas y por supuesto con mucha práctica. Un ejemplo de lo dicho es el relato que se hace sobre la lucha del rey Jorge VI del Reino Unido de la Gran Bretaña contra esta fobia que lo hacía tartamudear, en el film británico de Tom Hooper: The King´s Speech.

La experiencia internacional, basada en las normas de urbanidad y del sentido común, establece las siguientes reglas para los discursos y eventuales brindis posteriores:

  1. Su brevedad: “Lo bueno, si breve, dos veces bueno”, dice el refrán. Siete u ocho minutos es la duración ideal, no más, a lo sumo diez. Más tiempo cansaría y aburriría a la audiencia y haría decaer su atención.
  2. Su inteligibilidad: Los discursos han de ser comprendidos por todos. En consecuencia, cuando puedan existir problemas de comprensión del idioma del anfitrión y del invitado de honor – si lo hubiera -, se hará necesaria la interpretación simultánea.
  3. Su contenido: Todo discurso de este género, en esencia ha de tener: a) Un saludo al invitado de honor y al resto de los asistentes, b) Unas consideraciones sobre el objeto, motivo u ocasión de la reunión, c) Un brindis, si correspondiera, por la salud de los presentes y el motivo que originó el acto.

Reafirmando lo dicho, el discurso debe ser claro, preciso y breve. Obviamente es necesario hacer un buen uso del idioma. Es asimismo permisible y a veces recomendable que se recurra al humor, la suave ironía – comenzando por uno mismo -, la inserción de alguna cita o breve anécdota. Cuidado, no trate de ser gracioso pues quedará mal.

Aunque la costumbre general europea, que ha trascendido al resto del mundo, es que los discursos-brindis tengan lugar al término de la comida, en los países escandinavos y en otros de África y Extremo Oriente, existe la costumbre contraria de pronunciarlos al principio. Es decir, comenzar la comida con ellos.

En mi opinión es aconsejable que los discursos se pronuncien de esa manera pues el alcohol ingerido podría afectar la correcta dicción, evitaríamos que se nos seque la boca por falta de saliva, y tendríamos una mejor irrigación sanguínea en el cerebro.

En cuanto a la forma de pronunciarlos, los discursos improvisados están llenos de peligros. Por supuesto, son los mejores, pero son mucho más complicados de lo que la gente cree, pues quien lo pronuncia ha de ser un buen orador. De no ser así, es preferible leerlo. Por eso, prepare perfectamente sus palabras y practíquelas frente a su espejo.

 Tenga en cuenta lo siguiente:

  1.  Los saludos iniciales lo más conveniente es limitarlos al anfitrión – si es que no es uno – y al invitado de honor. Para el resto de los asistentes con la mención generalizada de: autoridades presentes, diplomáticos, artistas, señoras y señores, será suficiente. Tratar de mencionar por su nombre a cada uno de los invitados no sólo aburriría sino que podríamos olvidarnos de alguien y pasar un mal momento con esa persona.
  2. El cierre de nuestras palabras. Ellas son tan importantes como las que utilizamos para iniciar nuestro discurso. Deben causar el mismo impacto en la audiencia, por eso debemos aprenderlas bien y practicarlas. Deben en lo posible ser pronunciadas con mucha pasión y dirigidas a la inteligencia emocional. El objetivo es llegar al corazón de quienes nos escuchan, de movilizarlos. Cuando el discurso es improvisado, en cambio, podemos caer en la trampa de no saber cómo concluir, y de eso se dará cuenta, lamentablemente, todo el mundo.

 

Federico A. Luque Caamaño

Autor del Curso: “Cómo Aprender Ceremonial y Protocolo En Su Casa”; “Oratoria – Hablar sin Miedos”; y del libro “Urbanidad y Cortesía” publicado en Los Ángeles, California, U.S.A.

Anuncios

Acerca de aprendeceremonialyprotocolo

Especialista Superior en Ceremonial - Profesor universitario de Ceremonial y Protocolo
Esta entrada fue publicada en Artículos y etiquetada , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente.

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s