¿Está el Ceremonial en la Argentina condenado a no ser una disciplina autónoma?

Alvin Toffler[1] considera la Historia como una sucesión de encrespadas olas de cambio, por lo tanto divide la civilización en tres partes: una fase agrícola – ganadera que abarca desde el 8.000 a. C. hasta los años 1650 – 1750 de nuestra Era, la primera ola; una fase industrial la segunda ola y una fase de tercer ola, que comenzó en la década de los años 50, momento en que los empleados y trabajadores de servicios superó por primera vez al de obreros manuales, se introduce el computador, los vuelos comerciales de reactores, la píldora para el control de la natalidad y muchas otras innovaciones de gran impacto.

Si deseáramos ubicar el origen de disciplinas como la Publicidad y las Relaciones Públicas a la luz de esa división, podría decirse que la primera de ellas nació cuando la revolución industrial estaba en su apogeo, para solucionar en parte el problema de la sobreoferta, es decir en la segunda ola, al igual que las Relaciones Públicas que en los albores del siglo XX se transformó en una disciplina independiente, con filosofía, ética, política, estrategias y tácticas propias, pese a que el origen del arte de la persuasión se pierde en la historia.

El Ceremonial, en cambio, es tan antiguo como el hombre mismo. Desde sus comienzos, el hombre, ser esencialmente social y gregario, se agrupa formando la horda, considerada el primer aglutinamiento social, inorgánico y nacido espontáneamente para satisfacer necesidades primarias. Luego deviene en clan, grupo más numeroso pero ahora establecido bajo la autoridad de un jefe a quien se respeta, obedece y ofrece todo tipo de tributos y homenajes. El factor religioso y mitológico afirma la autoridad del líder, identificado con un tótem protector – un animal, planta, objeto o elemento propio del medio -, que caracteriza al grupo y es una especie de deidad protectora. Con el advenimiento de la esclavitud nace el sentimiento de temor y sumisión del vencido ante el vencedor, que lo lleva a desarrollar y mantener todas las formas posibles de adulación y propiciación. Por todo lo dicho, y volviendo a Toffler, se podría ubicar el origen del Ceremonial en la primer ola, no sólo por su remota génesis sino porque en su evolución histórica se constituyó en ese período en una ciencia con un objeto de estudio definido, con principios y técnicas de aplicación, donde está presente sin lugar a dudas la creatividad de quien la ejerce, convirtiéndola así también en un arte.

Mucho se ha escrito a lo largo de la historia sobre esta disciplina y muchas han sido las civilizaciones que hicieron un culto del Ceremonial. Las más antiguas recopilaciones de normas, en todo el mundo, son atribuidas a Chou Kung, fundador de la dinastía Chou en China, que vivió en el siglo XII a.C. Los textos faraónicos, por otro lado, hablan del ritual que ordenaba las ceremonias oficiales y religiosas y del orden estricto en que se desarrollaba, en Egipto, la vida de los gobernantes y las personalidades de la corte.

Kung fu – Tzu, más conocido como Confucio; Su Santidad el papa Julio II; Paris de Grassis, maestro de ceremonias de la Capilla Sixtina; Sebastiao José de Carvalho e Melo, marqués de Pombal; Gustavo Adolfo y su hija Cristina, soberanos suecos del siglo XVII, son algunos de las personalidades que estamparon su impronta en la evolución del Ceremonial. Sus ideas fueron hitos que marcaron el rumbo para sistematizar esta disciplina y hacerla universalmente aceptada.

En nuestro país se destacaron estudiosos que consideraron al Ceremonial como un conocimiento profesional imprescindible para el diplomático, como es el caso del embajador Adolfo J. de Urquiza, o una religión del arte de la vida, como es el caso del embajador Jorge G. Blanco Villalta, que compartió el sentido íntimo que condujo a las grandes dinastías chinas a considerar las normas del comportamiento como una moral de la actitud. De larga actuación en el campo diplomático, tuvo siempre la firme vocación por promover la enseñanza de las normas del ceremonial. Consideraba la práctica del mismo  un arte singular y una disciplina que tiene su base en las normas de la buena educación. Fruto de su labor docente es el Instituto Argentino de Ceremonial, que lleva su nombre, y la Academia Argentina de Ceremonial. Sus obras “Ceremonial” y “Ceremonial, una filosofía del tercer milenio” fueron calificadas como las más importantes y eruditas en esa materia en lengua castellana. Quienes tuvimos el honor de ser sus alumnos sabemos de su pesar al ver la poca importancia que se le daba a la materia en los planes de estudio de la carrera de Relaciones Públicas y aún en el Instituto del Servicio Exterior de la Nación, cuna de nuestros diplomáticos. Hoy, todavía, hay universidades que no la han incorporado como asignatura.

Pero no fue en vano su prédica. Poco a poco se fue incluyendo el estudio del Ceremonial en diferentes carreras hasta llegar a “compartir cartel” con otra ciencia en la nominación de una carrera terciaria: la tecnicatura en Relaciones Públicas y Ceremonial Empresario. En la actualidad son varios los institutos, públicos y privados, que en todo el país dictan cursos de ceremonial, incluso universidades nacionales, como la de Buenos Aires, han incluido su enseñanza como extensión universitaria. Pero en la práctica aún se lo considera una incumbencia profesional – función específica o alcance – de las Relaciones Públicas. ¿Por qué? Porque hace un invalorable aporte a la imagen de los Estados, instituciones y empresas; sin descartar la incidencia que tiene en la imagen personal de funcionarios y hombres de negocios.

Al no existir una carrera universitaria que forme ceremonialistas, la mayoría de los cargos públicos correspondientes a ese área están cubiertos por personal administrativo o designado políticamente, que se fue “haciendo” con el ejercicio profesional y la experiencia, complementado ésta con cursos que le permitieron alcanzar la capacitación adecuada y que los transformó en excelentes especialistas en la materia. Hay otros que ocupan circunstancialmente esos puestos sin conocer la disciplina, caso muy común en los municipios del interior, y deben poner en juego una gran dosis de sentido común y creatividad para salvar los escollos que diariamente se les presentan. Algo similar ocurre con las ONGs, instituciones y empresas. Generalmente los licenciados en relaciones públicas asumen el rol de ceremonialista aunque no lo consideran como algo “central” en su profesión. Hay que reconocer que los pioneros de las Relaciones Públicas, entre otras ciencias, no contaron con una educación formal para alcanzar la idoneidad, y se transformaron, más tarde, en los primeros maestros de la recién creada carrera que ellos mismos propulsaron. ¿Pasará lo mismo con el Ceremonial?

Planteado de esa manera todo indicaría que podría seguir los pasos de las Relaciones Públicas y llegar a convertirse en una carrera de grado. Si fuese así, no deberíamos desdeñar los consejos que sobre marketing nos brinda un especialista de la talla de Al Ries[2]. Él sostiene que “la guerra del marketing es una actividad intelectual, cuyo campo de batalla es la mente del consumidor” y que nadie recuerda el nombre del segundo navegante que llegó a América, pero sí quién fue el primero, Cristóbal Colón. Aplicado esto al tema que nos ocupa, nos está diciendo que todos recordarán a la primera universidad que dicte la carrera de Ceremonial, y que no pasará lo mismo con aquellas que lo hagan a posteriori. Además Ries enfatiza que no importa ser los mejores sino los primeros, para posicionarse en la mente de los públicos.  Pero como todo proyecto serio, es menester hacer previamente un minucioso estudio de mercado para determinar fehacientemente su aptitud, factibilidad y sobre todo su aceptabilidad.

Casualmente  esto último nos lleva a la siguiente reflexión. La estirpe argentina, libre desde que nació, es poco ceremoniosa y tiene mucho de informal, en contraposición con aquellos pueblos que han soportado la esclavitud y que tuvieron, o aún tienen, regímenes monárquicos de gobierno, y por eso son más apegados a las formas y al protocolo. Vemos a diario, en nuestro país, como se vulnera el ceremonial, pero no por parte de la gente común, que no tiene por qué conocerlo, sino por nuestros más altos funcionarios.  La informalidad extrema, en aras de un populismo mediático, atenta contra nuestra imagen como nación y favorece el surgimiento de una cultura chata, mediocre y chabacana carente de sentido ético y estético y donde la educación no es un valor primordial. Intentar revertir esta situación es casi como pelear contra molinos de viento.

Suponiendo ahora que eso se logre, ¿cuál sería el ámbito laboral de los flamantes profesionales?  Por el momento, me animaría a decir sin temor a equivocarme, la administración pública. Pero ¿son tántos los puestos a cubrir si contamos los organismos nacionales, provinciales y municipales? ¿Y con qué periodicidad se renovarían si se considerara a esos cargos no políticos sino más bien técnicos? A esto hay que sumarle que como consecuencia de la difícil situación económica que atraviesa el país, desde ya hace varios años el Estado está imposibilitado por ley a contratar e incorporar nuevo personal, aunque siempre existen las excepciones. Entonces ¿cuántos profesionales por año deberían salir al mercado para poder insertarse laboralmente en ese nicho con éxito y sin saturar la plaza?

Por otro lado sabemos que el Ceremonial dejó de ser patrimonio exclusivo del ámbito oficial, diplomático y religioso, para extenderse en su aplicación al corporativo, institucional e incluso al deportivo, y quienes cumplen esas funciones si no son los profesionales de relaciones públicas son las secretarias de directorio habituadas a un contacto frecuente con autoridades, empresarios y grandes clientes.

Creo que a esta altura de nuestro ejercicio mental de confrontación, y sopesando  las fuerzas y debilidades, amenazas y oportunidades de la actual situación, parecería que la pregunta formulada como título de este escrito podría ser una verdadera afirmación.

El debate queda abierto. Quizás en un futuro la situación planteada varíe. Entonces habrá que estar atentos a los cambios para modificar las estrategias al ritmo de ellos.

Otra alternativa digna de ser considerada y analizada es convertir al Ceremonial en una especialización de posgrado para los egresados de la carrera de Relaciones Públicas, habida cuenta de lo vasto de la materia y las lagunas existentes en los planes de estudio de algunas universidades. Sea como sea, no olvidemos ese dicho popular que dice: “El que pega primero, pega dos veces”.

Federico A. Luque Caamaño                                                                                              Especialista Superior en Ceremonial                                                                                       Autor del Curso: “Cómo Aprender Ceremonial y Protocolo En Su Casa”


[1] Autor de “La Tercera Ola”

[2] Consultor de marketing estadounidense.

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Acerca de aprendeceremonialyprotocolo

Especialista Superior en Ceremonial - Profesor universitario de Ceremonial y Protocolo
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5 respuestas a ¿Está el Ceremonial en la Argentina condenado a no ser una disciplina autónoma?

  1. Excelente! me gusto mucho! Me gusta en especial! Sin lugar a dudas Blanco Villalta! Pero Urquiza, de maravillas!

  2. Norma Bergaglio dijo:

    En un acto de colacion de secundario se arria la bsndera y luego entra la bsndera de cetemonia?

    • Estimada Norma:

      No, por el contrario. Primero ingresa al lugar de la ceremonia la Bandera de Ceremonia y luego se iza la del mástil. Al finalizar el acto se retira en primer término la Bandera de Ceremonia y luego se arría la del mástil.

      Referencia: Reglamento del Sistema Educativo de Gestión Pública Dependiente del Ministerio de Educación del Gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires (pág. 71).

      Cordialmente.

    • Estimada Norma:

      Recién veo su mensaje, mil disculpas.

      Le respondo. En actos escolares en primer término ingresa la Bandera de Ceremonias y luego se iza la del mástil.

      Cordialmente,

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